Por aquello de los intolerantes facistas.
Santo
Tomas de Aquino, siguiendo la tesis de Aristóteles, sostenía que las
potencias generantes producen el alma vegetativa, luego la sensitiva y,
finalmente, la racional (la que cada uno de los hombres tenemos). Así,
creía que los embriones masculinos se animaban a los cuarenta días de
gestación y los femeninos a los noventa. (Suma Teológica, I, cuestión
118, art. 1, ad 4 y art. 2, ad. 2.) Esto es, palabras más, palabras
menos, que los embriones, tienen la categoría ontológica de ‘seres
humanos’ hasta que su alma es racional y, en ese sentido, el aborto es
permisible sin considerarse como un asesinato hasta los cuarenta o
noventa días de gestación, según sea el caso. San Agustín no estaba
seguro del momento de animación del embrión, pero afirmó que el aborto
antes de la formación no era homicidio.
Lo
cierto, es que la oposición extrema de la iglesia católica ante el
aborto en cualquier momento de la gestación es reciente. Fue hasta la
Casti Connubii en donde Pío XI se pronunció contra todo tipo de aborto
y a favor de la animación inmediata del feto. El veinticinco de julio
de 1974, en la declaración contra el aborto efectuada por la Sagrada
Congregación para la Doctrina de la Fe, el Papa fijó su posición sobre
el tema diciendo: "No puede menos que causar extrañeza ver cómo crecen
a la vez la protesta indiscriminada contra la pena de muerte, contra
toda forma de guerra y la reivindicación de liberalizar el aborto, bien
sea enteramente, bien por "indicaciones" cada vez más numerosas. No se
puede invocar jamás la libertad de opinión para atentar contra los
derechos de los demás, especialmente contra el derecho a la vida. No se
trata de oponer una opinión a la otra, sino transmitir una enseñanza
constante del magisterio supremo, que expone la norma de la moralidad a
la luz de la fe"
A
propósito de lo anterior, en su Carta Encíclica Evangelium Vitae, Juan
Pablo II escribe: “Este horizonte de luces y sombras debe hacernos a
todos plenamente conscientes de que estamos ante un enorme y dramático choque entre el bien y el mal, la muerte y la vida (…) Estamos no sólo ‘ante’,
sino necesariamente ‘en medio’ de este conflicto: todos nos vemos
implicados y obligados a participar, con la responsabilidad ineludible
de elegir incondicionalmente a favor de la vida.”
Lo
que sucede con la moral católica es que el sustento de lo bueno es de
carácter metafísico: matar es malo porque Dios dice. El motivo que debe
incitar a una acción virtuosa no es el respeto a la moral del hombre,
sino a la voluntad y la gloria del Altísimo. La prioridad del acto no
reside en el cumplimiento de un ideal humano, sino corresponde al
servicio de Dios. El hombre que ha sido corrompido por el pecado
original no puede hallar en sí mismo el camino que lo lleve a realizar
un acto bueno o justo: fuera de la Iglesia no hay moral. Los
imperativos que Dios ha dado sólo rigen a los que comparten una
religión y, en este sentido, la moral católica carece de universalidad
y validez.
Así
pues, asumir que el aborto es malo porque Dios lo dice, es válido para
los fieles de tal o cual religión, sin embargo, para los que no
compartimos esas creencias y además –y más importante– salimos librados
de sus juicios morales, nos interesa buscar otros argumentos para
dialogar. Con la finalidad de comenzar un diálogo entre los argumentos
a favor y en contra del aborto, elegí los argumentos que la
organización Provida utiliza para condenar el aborto en su texto
titulado “1 Dossier preguntas y respuestas (2003). El aborto preguntas
y respuestas” que cualquiera puede bajar de la página web de dicha
organización.
Este texto, en su segundo apartado, titulado La ley refiere: “El aborto es un crimen porque asesina en el vientre materno a un ser humano no nacido.” El argumento, es muy discutible. Primero que nada, utiliza el término ser humano, y descartando el argumento del soplo divino, el momento en que el producto adquiere estatus de ser humano está en discusión, por lo tanto, mientras el feto no tenga el estatus de ser humano el aborto no será un crimen.
El texto de Provida afirma, sin referir ninguna fuente –casi por inspiración divina– que: “la
ciencia moderna nos enseña, de manera incuestionable, que desde el
instante mismo de la concepción en el vientre materno, existe un nuevo
ser humano. En otros tiempos pudo haber interpretaciones filosóficas e
incluso teológicas sobre el tema. Hoy no hay duda.” Las
interpretaciones teológicas y filosóficas las abordé en la parte
anterior de este artículo, por ello no ahondaré en estos tópicos, pero,
Marjorie A. England, en A colour atlas of life befote birth, señala que por lo menos hasta el final de octava semana de gestación sólo se puede hablar de embrión.
Más adelante, el texto dice: “Nada
sucede en las semanas posteriores a la concepción que añada
sustancialmente ‘algo’ a ese óvulo fecundado, que transforme al
‘producto de la concepción’ en una ‘persona humana’. Toda la
información genética, todas las potencias del ser humano, toda su
sustancia racional están ya presentes en esa nueva naturaleza
individual llamada persona.” En este sentido, el párrafo hace alusión a conceptos como potencias y sustancia racional: estos conceptos son aristotélicos. Una potencia, es la capacidad de una cosa para pasar a otro estado, cuando la sustancia es algo, se dice que es en acto.
Potencia y acto son nociones que se aplican a la comprensión del paso
de entidades menos formadas a entidades mas formadas; según el filósofo
griego, lo que está en la matriz, dentro de la placenta, es sólo un cúmulo de células o un cuerpo en miniatura con la potencia de ser
un ser humano. Lo que está en la matriz, por lo tanto, también tiene la
potencia de ser un Shakespeare o un Jack el destripador y, quizá, jamás
sea ninguno de los dos.
El texto de Provida también refiere que “Es
falso que si una persona de cualquier edad sufre la pérdida de la
actividad cerebral por ese solo hecho deje de ser persona.” En esta
afirmación, según el diálogo que hasta ahora he expuesto, el texto
también está equivocado. De acuerdo con el diccionario de medicina
Mosby –referencia obligada de los médicos–, la muerte es “la ausencia total de actividad en el cerebro y en el resto del sistema nervioso central”.
Por lo tanto, y utilizando las mismas palabras del texto de Provida, si
una persona de cualquier edad sufre la pérdida de la actividad cerebral
está muerta: ha dejado de ser.
Hasta
aquí el diálogo con el texto de Provida. Como se puede notar con el
ejercicio anterior, hay argumentos en contra del aborto que no resisten
el análisis de los argumentos a favor. Ahora bien, el problema del
aborto más allá de los argumentos refiere un problema ético –que se
libra si se acepta que no se está matando a un ser humano–.
En
México –como casi en el resto del mundo– vivimos en una democracia que
a veces se olvida de la pluralidad. En este sentido, los diferentes
juicios morales no son tomados en cuenta por la legislación. Somos una
nación que comparte cosas en común pero que deja de lado formas de
pensar, sentir y ser diferentes –basta como ejemplo la oposición a la
unión legal de gays y lesbianas–. Con lo que he dicho hasta aquí, creo
que valdría la pena revisar la ley que condena el aborto: hay
argumentos a favor y en contra muy fuertes y contundentes, pero una
legislación univocista, lo único que generará será que una parte de la
población tropiece con una piedra que quizá jamás superará. ¿Por qué no
despenalizar el aborto? De esta manera, la
gente que está a favor, estaría protegida por la ley y haría el
procedimiento de una forma segura y digna, humana si se quiere. Por
otro lado, la gente que está en contra del aborto por sus valores
morales, ideas religiosas o cualquier otro motivo, aun cuando el aborto
no esté penado por la ley, no optará por él ya que –se supone– tiene
bien enraizadas sus ideas religiosas o sus valores morales.