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La Coctelera

historiasydemonios

21 Noviembre 2007

De los hombres y las mujeres

… Sólo del otro lado del ocaso
verás los Arquetipos y Esplendores.

J. L. Borges

Desde
que empecé a leer y escribir mis padres me inculcaron la mala costumbre
de consultar el diccionario. Aún recuerdo aquel tomo enorme de pasta
azul y orillas doradas que llevaba por título ‘Diccionario de la Real
Academia Española’. Con el tiempo, comencé a creer –como casi todo
mundo- que en ese mamotreto sin vida se encontraba toda la verdad. Fue
hasta que empecé a escuchar palabras como deladear y que nunca encontré
en el diccionario, cuando me di cuenta que no era así. Buscando
diversas palabras, descubrí que al diccionario no sólo le falta mucha
de la verdad del mundo, sino que además, dice mentiras. Por ejemplo, si
uno busca la definición del color amarillo encontrará que dice: “del
color semejante al del oro, el limón, la flor de la retama, etcétera”.
Desde mi posición de mexicano, el oro no es de color amarillo, sino
dorado, y el limón, es de color verde. Sólo hasta que estuve en España
descubrí que ahí los limones son amarillos y que sólo en Europa la
definición es cierta, y aunque el diccionario sea de la Real Academia
Española y ésta tenga su sede en Madrid, lo suscriben las 21 Academias
de Lengua Española, entre ellas la de México. Entre otras de las
barbaridades que encontré en el diccionario fue la definición de hombre
y mujer, cuando define hombre, la primera definición a esta palabra es:
“ser humano de sexo masculino” y la segunda “Individuo que tiene las
cualidades varoniles por excelencia, como el valor y la firmeza.” Hasta
ahí todo iba muy bien, sin embargo, revisé las definiciones de mujer y
encontré lo siguiente “persona del sexo femenino” y “mujer que tiene
las cualidades consideradas femeninas por excelencia”.

Las
definiciones entre hombre y mujer establecen algunas diferencias, sin
embargo, no se mencionan las que el sentido común nos grita, pero eso
lo abordaré después. Por un lado, en la primera definición de hombre
dice ser humano y en la de mujer, persona. Esto quiere decir que según
el diccionario de la Real Academia Española, las mujeres no son seres
humanos y, aunque la definición de persona del mismo diccionario sea
“individuo de la especie humana”, no debemos olvidar que persona
proviene del latín persōna que significa “máscara de actor o personaje
teatral” –según el ya tan citado diccionario-. Ahora bien,
independientemente de que la Real Academia Española defina persona como
casi sinónimo de ser humano, por qué no utilizar la misma palabra en la
definición de mujer que se usó en la de hombre. Esa, es una
interrogante que la larga fila de sabios de la Academia, en su mayoría
formada por hombres, tendrá que respondernos.

En la segunda
definición de hombre la primera palabra es individuo. El diccionario de
la Real Academia Española nos dice que esta palabra es un adjetivo y
que denota “que no puede ser dividido”, sin embargo, la determinación
de individuo en la vida cotidiana expresa una entidad consigo mismo, un
entendimiento de la individualidad que plantea un yo como sujeto único
e importante. Ahora bien, en la definición de mujer la primera palabra
es mujer, partiendo de esto, ya de suyo la definición es mala porque no
se puede definir algo usando en el enunciado definitorio la palabra que
se define, pero fuera de esas reglas de sintaxis, ¿la mujer no es un
ser indivisible, con un yo que le da individualidad y la sitúa como un
sujeto único e importante. Es de suma trascendencia aclarar este punto,
el de la importancia de la individualidad del sujeto, del yo, porque
del entramado del yo, se forma, precisamente, el bagaje cultural y la
sociedad.

Ahora bien, siguiendo con las segundas definiciones,
cuando se habla del hombre se dice que tiene “las cualidades varoniles
por excelencia, como el valor y la firmeza” y cuando se habla de mujer
se afirma que ésta cuenta con las “cualidades consideradas femeninas
por excelencia”. Con esa definición –estúpida, dicho sea de paso- en
primera, se deduce que la mujer ni es valiente ni firme y en segunda,
se deja abierta una gran puerta a la especulación; ¿Cuáles son estás
cualidades? Mario Benedetti dice: “(…) una mujer es buena/ cuando
entona desafinadamente los salmos/ y cada dos años cambia el
refrigerador/ y envía mensualmente su perro al analista/ y sólo
enfrenta el sexo los sábados de noche / en cambio una mujer está buena/
cuando la miras y pones los perplejos ojos en blanco/ y la imaginas y
la imaginas y la imaginas (…)”. ¿Esas pueden ser algunas de las
cualidades, van por ahí o estoy equivocado? Que la Real Academia me
auxilie por favor. Las cualidades del hombre que nos da el diccionario,
las de valor y firmeza, me remiten a los sujetos de los comerciales de
Malboro en sus caballos recorriendo la campiña o a un James Dean
desalmado montando su moto y rompiendo corazones. Hasta donde ahora
puedo ver, la definición que el diccionario nos ofrece de la mujer
parece ser el antagónico de la del hombre, quiero decir, ¿la mujer ES
la que sale en el comercial de la crema contra el acné?

Hasta
aquí he expuesto lo que considero un grave problema: la definición
imparcial e impropia de hombre y mujer. Pero ahora, abordaré otro tema
que también tiene que ver con nuestro idioma y que es al que apelan
muchas y muchos feministas estudiosos del lenguaje: el de la
“masculinización” del idioma. Estos estudiosos afirman que el
castellano es una lengua que carece del neutro y que potencializa el
masculino. Dicen que “la entrada de las mujeres en el mundo público,
sus relaciones sociales entre ellas y con los hombres necesitan de
cambios culturales; lingüísticos, sobre todo”.[1]
También afirman que en nuestra lengua, “todo lo que tiene valor es del
género masculino, mientras que es femenino lo que carece de valor. Así,
el sol es del género masculino, la luna, del femenino. Pero, el sol, en
nuestras culturas, se considera la fuente de la vida; la luna es la
ambigüedad casi nefasta”
[2]
Sin embargo, considero que el argumento anterior carece de sentido,
porque todo lo importante –siguiendo el discurso citado- cuenta con una
dualidad de género, así pues, en el castellano, podemos encontrar: el
Dios y la Deidad. Y haciendo frente a que la palabra ordenador
pertenece al masculino y la máquina de escribir al femenino, y que esto
es una cuestión de valor, diré que por lo menos en México, le llamamos
la computadora.

Ahora bien, este discurso plantea, por decirlo
de algún modo, la desaparición de los géneros en nuestra lengua y la
implementación, como en el ingles, de un modo neutro. Desde mi
perspectiva, esto constituye un atentado en contra de la versatilidad
del castellano. En nuestro español existen demasiados artículos que
determinan el género y el número del sustantivo, reducirlos a uno sólo
como el the del inglés, sería, desde mi punto de vista, un atentado en
contra de la riqueza de nuestro idioma y una acción ignorante e
irresponsable, porque la grandeza de los idiomas –como refiere Borges-
radica en la versatilidad y la riqueza, y hasta en la cita falsa -diría
yo. Pero, incluso en el inglés existen diferencias entre el género del
sustantivo. Así pues, el femenino de King, es Queen y, aunque compartan
el artículo the, la diferencia en tanto que género y más aún, en tanto
que significante, salta a al vista. En el inglés sólo existe una
palabra -sin género para los angloparlantes- que determina a la deidad:
God. Y con el artículo es The God, ¿No es más rica nuestra lengua
porque nosotros sí tenemos forma de determinar el sexo de nuestra
deidad: Diosa y Dios? Además, no es lo mismo ‘Mi Diosa concupiscente
siempre virgen’, que ‘Mi Dios concupiscente siempre virgen’ y sin la
proverbial ayuda de los géneros del español, no podríamos distinguir la
diferencia en el tozudo inglés: My God.

Pero dejando por un lado
este asunto purista del idioma, creo que si existe una veta de
discriminación de los hombres hacia las mujeres en la lengua, no es por
ésta, sino por el uso que los hombres y las mujeres hacen de ella. El
asunto es más cultural que idiomático y, creo, que se puede ver
claramente en los adjetivos que utilizamos para calificar los
sustantivos. Por ejemplo, los hombres son guapos, no bonitos. Pero,
¿por qué?

De nueva cuenta, afirmar que la discriminación de la
cual sufren las mujeres por parte de los hombres en el mundo de habla
hispana es por culpa de la lengua, me parece una postura necia y falaz.
La lengua permite la comunicación en una sociedad, facilita las
relaciones y la vida cotidiana, es, por tanto, sólo el testigo
impávido, acusador atroz que exhibe lo que sucede en nuestra cultura.

La
lengua, no es una entidad cerrada y determinada. Al contrario de eso,
se encuentra en continuo cambio, pero un cambio de enriquecimiento, no
de supresión de artículos y géneros. Cada día encontramos palabras
nuevas y éstas, son creadas por hombres y mujeres. La discriminación
que sufren las mujeres por parte de los hombres tiene varios siglos de
antigüedad, si la lengua fuera la culpable, seguiríamos hablando como
en el medioevo. Por otro lado, si lo que se quiere hacer es una
reducción al modo neutro y de esa manera crear una igualdad, ¿no nos
estaremos olvidando precisamente de lo más importante, quiero decir,
partir de una igualdad a partir de la diferencia: lo, el, la, los, las?
Sin duda alguna la convención de los artículos y la determinación del
género en las cosas, no es una actividad exclusiva del varón y aunque
la lengua forma parte trascendental de la cultura, no lo es todo, así
que habría que revisar el tema de la desigualdad y la discriminación en
otros senderos de la cultura, y creo que el camino correcto es el de la
educación y el de una percepción ontológica distinta.

Por otro
lado y volviendo a la definición de hombre y mujer, creo que conviene
hacer aquí una aclaración que considero muy pertinente y que
precisamente viene al caso hablando de la cultura. Cuando se define al
sol, por ejemplo, se habla de un astro y éste, en todas partes es una
estrella enana que se encuentra a cierto número de años luz y que algún
día morirá. La lluvia es una precipitación en la atmósfera, la taza es
una vasija pequeña empleada generalmente para tomar líquidos. Todas las
definiciones anteriores son objetos que están inmersos en nuestro
cotidiano y que de alguna forma son parte de nuestra cultura, pero que
no cambian. Se puede abordar de esta forma al hombre y a la mujer y se
puede decir que hombre es el ser humano que tiene pene y el resto de
los órganos sexuales masculinos y que la mujer es el ser humano que
tiene vagina y los demás órganos sexuales femeninos, sin embargo, en
tanto que hombre y mujer son sujetos que sienten, piensan, se emocionan
y toman decisiones, esa definición no me parece suficiente. Por ello,
planteo la necesidad de una definición de hombre y mujer que tome en
cuenta todos los elementos culturales. En este caso, creo que se debe
hablar de un hombre mexicano, de una mujer mexicana, de un hombre
español, de una mujer española, de un hombre inglés, de una mujer
inglesa, pero no desde una perspectiva ontológica que suponga un debate
del ser, sino desde una perspectiva óntico-cultural que plantee los
modos de ser y las diferencias, sólo así, se podrá alcanzar una
igualdad sustentada en el andamiaje de la comprensión de las
diferencias.

Como lo he venido repitiendo, la discriminación
hacia las mujeres es un hecho cultural y la lengua –en la forma que lo
expliqué anteriormente- es sólo un reflejo de lo que al interior de la
sociedad sucede.

[1] IRIGARAY, Luce. Sexos y géneros Lingüísticos. P.65
[2] Ibidem

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