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21 Noviembre 2007

Kant y el Golem (frag)

Antes
de Kant, la razón es una criatura inmaculada, una doncella anémica de
pretensiones casuales, sin pasado dudoso, sin dobleces, es un ser
idílico que con frecuencia debe soportar las cargas que una mala raza,
la humana, le inflinge. Los hombres de esta razón son héroes positivos,
cuerpos sin mancha, pero también sin vida. Cuando uno se acerca a Kant
por primera vez, se detiene deslumbrado por el juicio de la razón sobre
la razón misma. El hombre que juzga al hombre que cree que puede
saberlo todo. Para Kant, la razón es un Golem[1],
y su principal esfuerzo, del que versa casi la totalidad de este
trabajo, es el de darle forma a esa razón, y presentárnosla, ya no como
la vampiresa incontrolable e insolente, sino de una forma humana; nos
la viste de Maja y después –como Goya– nos la presenta desnuda, con
todas sus formas expuestas; sus pezones distantes, pretendiendo algo
más que el univocismo y los brazos recogidos para que nos acerquemos a
ella y, entre las sábanas destendidas, recojamos, además de los
perfumes sin nombre, lo que le es propio al hombre; encontramos entre
el cabello rizado de la Duquesa de Alba una incipiente y tímida
metafísica que se abre paso y, entre las piernas de la Maja no podemos
ver, pero imaginamos al mundo, al alma y a Dios y los deseamos, y sus
ojos, fijos en nosotros cuando la observamos, nos enfrentan cara a cara
con la ciencia: “la razón sólo puede moverse legítimamente dentro de
los límites de la experiencia. Si intenta superar estos límites se
extravía por caminos imposibles que, precisamente porque le están
vedados, no conducen a ninguna parte”[2]
Los hombres que esta nueva razón engendra, precisamente de los que
también versa este trabajo, pero de una forma más breve, son Borges,
Calvino, Baudelaire, Madame Bovary, Rachel en Madrid cazando
atardeceres, Pedro Páramo, Fausto, Florentino Ariza o, Remedios, la
mujer más bella, que se le ocurrió largarse del mundo a las cuatro de
la tarde en medio de mariposas amarillas.

[…] Imaginemos un
viajero que recorre el mundo mirándolo siempre a través de unas gafas
azules: será inútil que busque el azul o la causa del azul en la
realidad de la Puerta del Sol o del Big Ben, o en el atardecer de
Zipolite y los cuerpos desnudos, sin embargo, el azul, como cualidad de
sus gafas, es condición de su facultad de ver si suponemos que sin esas
gafas nada vería. Imaginemos que –perdón por el abuso–, en vez de unos
simples cristales de color, las gafas ajustan a cada ojo un complicado
caleidoscopio. A través de ellas ese hombre llegará, sin duda a poseer
un cierto conocimiento y manejo de la realidad –superior, sin duda, al
de un ciego–, pero lo subjetivo no será ya sólo el color, sino una
complicada estructura que crea unas constantes en su modo de ver (una
forma de estrella múltiple, por ejemplo). Pues bien, para Kant, nuestro
espíritu es un inmenso caleidoscopio de complicadísima estructura. Sólo
podemos ver a través de él, y casi todos los elementos de nuestra
visión dependen de esa estructura. Sin embargo, podemos deducir la
existencia de un elemento exterior (de un contenido), sin el cual no se
iluminaría ni entraría en juego el caleidoscopio, pero que, en sí, nos
resulta absolutamente incognoscible, un perfecto misterio.

[...]Todavía,
como para consolar al hombre de su incapacidad en la esfera del
conocimiento, Kant se anticipó a estudiar el fenómeno estético en su
tercer libro, La crítica del Juicio. (…) Kant creyó descubrir una nueva
especie de revelación por medio del arte. La obra de arte no reproduce
exactamente el mundo visible, o por lo menos, no debe reproducirlo; nos
da una visión modificada de lo que conocemos por los sentidos. Es una
versión ‘ideal’, entendiendo esta palabra en sentido platónico (ideas,
almas de las cosas; lo cual corresponde a la ‘cosa en sí’ kantiana) De
modo que, gracias a videntes, artistas, poetas y hasta pensadores, el
hombre recobra aquel mundo cuya posesión y conocimiento le habían sido
negados.”[3]
No puede conocer, pero puede sentir la verdad, y ésta le aparece como
una cosa bella; “Yo no lo sé de cierto, pero supongo/que una mujer y un
hombre/algún día se quieren,/ (…) cualquier día despiertan, sobre
brazos;/piensan entonces que lo saben todo./se ven desnudos y los saben
todo/ (yo no lo sé de cierto. Lo supongo).”[4] ¡Que amable compensación! ¡Qué grandeza, qué bondad, qué piedad la de Kant, el demoledor del conocimiento absoluto!

[1]
“La palabra Gólem implica algo no del todo bien resuelto, una figura
tosca, un objeto incompleto, algo que no acaba de salir del estado
embrionario”. (PITOL, Sergio, 1998)
[2] COLOMER, Eusebi, El pensamiento alemán de Kant a Heidegger, Vol 1. p205.
[3] PIJOAN, José, et. al. Historia del mundo. Vol 8. p. 80-81
[4] SABINES, Jaime. Antología. P.27

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